Chapapote

Otra de mis frases favoritas. La de todos aquellos que no pueden, no saben o no quieren llevar un cepillo de dientes encima, y se creen que simplemente el paso de un líquido por las superficies dentales les permitirá disfrutar de una excelente salud oral. Y más aún si aquello con lo que se enjuagan está emparentado con un buen Rioja, léase, esta clase de colutorios que tienen tanto alcohol que sin duda dan positivo en un control de la Guardia Civil.

Pues no, mire usted. La placa bacteriana es un conglomerado formado por bacterias, saliva, productos extracelulares, células de la propia boca, restos de comida, etc. Y es una sustancia muy resistente, muy difícil de disgregar y muy pegajosa. Además su pH es ácido, por debajo de 5,5, lo cual significa que estando suficiente tiempo en contacto con el esmalte dental, lo desmineraliza de la misma manera que un trozo de limón dejado horas y horas en una encimera de mármol la va deshaciendo. Aunque también hay placa bacteriana que en vez de desmineralizar lo que hace es inflamar las encías provocando gingivitis. Y es que hay placa bacteriana que es cariogénica (provoca caries) y otra que es periodontopatógena, o sea, afecta a los tejidos de soporte del diente (encía, ligamento periodontal, cemento radicular, hueso) produciendo gingivitis, movilidad dental y en último término pérdida del diente.

La placa bacteriana es un BIOFILM. Desde el mismo momento en el que terminas de cepillarte los dientes, éstos se recubren de una película viscosa que atrae más y más gérmenes y restos. Si el cepillado es ineficaz, si con el cepillo no disgregas esta película (cosa que sucede cuando no prestas atención a lo que haces cuando te cepillas), esa capa se va haciendo cada vez más gruesa, viscosa, pegajosa, maloliente y ácida.

Y por mucho que te enjuagues, no se va.

tuberia biofilm

¿Os habéis asomado alguna vez al desagüe del baño? ¿Habéis visto esa capa de auténtica roña, que por mucho que el grifo trague agua, ni fuerte ni floja, ni fría ni caliente, eso no se va? ¿Os acordáis de cuando naufragó el Prestige, ese chapapote, esa masa adhesiva, que había que sacar de las rocas con auténtico esfuerzo, porque con un manguerazo no se iba? Pues así es la placa bacteriana.  SI NO ES CEPILLANDO, NO SE VA. No se va con irrigadores, no se va con líquidos milagro que anuncian insistentemente por la tele. Hay que rascar. Suave, pero intensamente. No se trata de frotar con un estropajo de aluminio sino con un cepillo suave, pero el tiempo necesario.

¿Cuánto es el tiempo necesario? Pues el que sea, el que haga falta para que cuando te revises recién limpio, no salga con la uña un residuo blanco. Es el tiempo necesario para cepillar y pasar el hilo dental, IMPRESCINDIBLE, para dejar inmaculadas e impolutas todas las superficies dentales, delante, detrás, izquierda, derecha y cara oclusal (la que muerde, en premolares y molares). No debe de ser fácil la cosa, a tenor de que los dentistas vivimos del fracaso de esta operación. Y desde luego, si un adulto no se sabe cepillar y evaluar correctamente, no puede enseñárselo a sus hijos. Y no, un niño de 19 meses, de 3 años o de 6, no puede hacerlo solo. Comprobadlo con productos que tiñen la placa para visualizarlo bien, tipo Plac Control.

Por eso, cuando uno va al dentista, no debería ir “a que me arregle este trozo que se ha roto” sino a solicitar QUE LE ENSEÑE A UNO a cepillarse a sí mismo, y a sus hijos.

A la salud sólo se va por los caminos de la salud.

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